Tenía uno o dos lloros pendientes desde hacía ya demasiados días
y aquel bolardo inmisericorde,
malvado, férreo,
abrió el grifo de todos los llantos.
Tirada en la acera de la calle Goya
con el pecho soldado al suelo,
mis cosas esparcidas,
sin dignidad, sin nada roto
salvo el orgullo,
lloré.
El inmediato futuro
pasó deprisa por mi la cabeza
y lloraba.
Vi mis planes tirados en el suelo
como yo
y lloré más, sin consuelo.
Por culpa del maldito bolardo,
del bus que llega,
de la prisa absurda que no deja pensar,
de estos ojos míos
que abandonan a veces su cometido de ver
y a veces el de llorar
pero ese día no, ese día
se abrió el grifo de todos los llantos
y sólo tu "rosa" fue capaz de cerrar aquella cascada infinita
y sólo tu emergente imagen
calmó mis ansias
de ahogarme en el océano de lágrimas,
de lágrimas en la lluvia.
Sol.

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