Syrinx era el nombre con el que las ninfas hamadríades de la Arcadia conocían a la más especial entre ellas, la única náyade.
Su particularidad descansaba en su espectacular belleza, deseada por todos, aunque solo pertenecía a una, la diosa Diana, a la cual rendía culto con la preservación de su virginidad.
La belleza de la ninfa no pasaba desapercibida para nadie, pero especialmente para Pan, el dios fauno mitad hombre, mitad macho cabrío, que no puede evitar el deseo de conseguirla en cuanto advierte su presencia.
Y de hecho comenzará una persecución que llevará a los protagonistas hacia un final tan místico como inesperado en el río Ladón.
En este lugar, Syrinx le pide a sus hermanas hamadríades que eviten que sea capturada por Pan y le permitan retener su devoción por Diana, a lo que las ninfas acceden convirtiéndola en una de las tantas maderas de caña que poblaban las laderas del río.
Una vez llega Pan a la orilla, se encuentra con un vacío, sin rastro de Syrinx.
Sin embargo, algo le advierte de su presencia.
Los primeros soplos de aire que se elevan en el ambiente producen un sonido muy especial al vibrar contra la madera de caña, que acaba cautivando al fauno tanto por su dulzura como por su bella armonía, reviviendo el recuerdo de la ninfa. Pan corta algunas de estas cañas y las une entre sí creando un instrumento que al emitir sonido le recuerde a su deseada ninfa.
A este instrumento le llamará “Syrinx” en su memoria.
Nace la flauta de Pan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario