Cómo cada día, despierto incrédula.
Abro los ojos a una mañana
limpia y silenciosa cómo nunca,
aunque sea domingo,
aunque sea primavera.
Voy a la ventana de mi chopo ausente
imaginando un verde intenso
en sus debutantes brotes
y espero el café.
Busco en la radio
el dato de la esperanza,
minúscula brizna que no consuela
ante la sangría de muertos solos,
más que nunca.
Busco la caricia virtual
de mis queridos desconocidos,
pero como cada día
encuentro lágrimas,
las lágrimas impotentes de la pena honda
que cada mañana desayuno,
cuando su rodar, mejilla abajo,
culmina en mi café amargo.
Caminaré el día, otro día,
cómo un zombie,
sin amor, esperando la muerte.
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