Hoy, que Juan Diego nos ha dejado para siempre, me vienen a la memoria aquellos días en los que coincidí con él, aunque él nunca lo supiera.
Delgado, pantalón negro pitillo, chupa de cuero con el cuello subido, un cigarrillo en la mano y una potente voz que nos animaba al salto*:
-Compañeroooos (por aquel entonces no se estilaba el lenguaje inclusivo), a las 12 en San Bernardo, gritaba en las calles aledañas a La Gran Vía.
- ¡Guerrilleros** suben por Leganitos!, avisaba.
A mis 16 años, su imponente presencia me azoraba y a la vez hacía de mí, la muchacha más valiente del mundo.
Al mismísimo infierno hubiese ido tras él, a la sima negra de la DGS*** aunque me temblaran las piernas.
A pesar del tiempo pasado, le recuerdo nítidamente, apuesto y revolucionario, el no va más.
Siempre le seguí como actor.
Desde el Estudio1 hasta su Ricardo III en el Teatro Español, incluso el Don Lorenzo de Los Hombres de Paco y por supuesto el cabronazo Señorito Iván de Los Santos Inocentes.
Al revolucionario, al actor, al hombre...
A Juan Diego
*fugaces manifestaciones de un extremo a otro de Madrid para despistar a los grises.
**de Cristo Rey, paramilitares de extrema derecha que salían a golpear y/o matar rojos impunemente.
***Dirección General de Seguridad (detenciones y torturas en la Puerta del Sol).

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